A Clara le encantaba ver como los demás reían, le fascinaba.
Pero no los entendía.
Las carcajadas de sus amigos la hacían evadirse de aquel mundo imperfecto, haciendola desaparecer por completo.
Lo que sentía no podía describirse, para ella el solo estar allí le parecía mil veces mejor que un chocolate caliente a 30 grados bajo cero, mejor que todas las corrientes de aire frío en una sofocante tarde de verano, mejor que un día lluvioso, hasta mejor que esa bufanda roja que tanto le gustaba.
No había momento más perfecto en todo el día, no le importaba que aquello solo durase 30 escasos minutos, le bastaban.
Pero el verlos tan felices le hacía sentirse aún peor.
Porque era diferente y lo sabía.
Tenía algo que la atormentaba siempre.
Clara no podía reír.